Veracruz es el primer estado que legaliza la persecución de opositores
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¿Qué otra cosa puede esperarse de alguien quien admite públicamente sentir simpatía por tiranos de la estofa de Francisco Franco? Obviamente Javier Duarte, el gobernadorsísimo (superlativo al que seguramente aspira), ha declarado una curiosa guerra en contra de las huestes de ciudadanos desarmados que osan señalar los peligros en los que viven dentro del gran estado de Veracruz.
La reciente aprobación de la ley que contempla como criminales a aquellos que “perturben el orden público” (“¿Cuál?”, se preguntarán otros cientos de miles de ciudadanos) por cualquier medio de comunicación, es como detener una hemorragia en la cabeza mediante la separación de ésta del cuerpo del afectado. Tal “genialidad” no puede provenir más que de los herederos del dinosaurio quienes están en franca demostración de que pueden ser tan brutos como sus antecesores que dejaron huella en Tlatelolco, en Acteal y en cientos de lugares más por todo el país que padeció el Priato en sus expresiones más tenebrosas.
Lejos de escarnio inherente y necesario cuando se habla de Javier Duarte, es posible determinar que las acciones de su gobierno es la consecuencia del miedo que prevalece en la clase política ante la crítica de la sociedad quien no encuentra a salvo su vida, ni su libertad de expresarle a los suyos el peligro que corren con tan sólo salir a las calles del estado. En un espectro más amplio, esto sienta un peligroso precedente en el cual los gobiernos podrán disfrazar la persecución de opositores bajo figuras legales que sólo tienen sentido en las mentes de aquellos que hacen las leyes. Veracruz es el primer estado que legaliza la persecución de opositores al régimen, de tal forma que ya no habrá que enmascarar nada, basta con adjudicarle al desafortunado disidente ciertas palabras en alguna red social para encerrarlo en lo más profundo de un sistema penitenciario que rebosa de inocentes pero permite la fuga de decenas de pistoleros, narcos y asesinos probados. Dichas prácticas sólo eran posible verse en países tan remotos como China o Corea del Norte donde la expresiones sobre la realidad son castigadas mediante el criterio de los tiranos en turno; ahora Veracruz es el mal ejemplo que seguramente seguirán muchos otros gobiernos que ven perturbados sus sueños de grandeza por la delgada piel que les cubre.
Más de treinta cadáveres son dejados bajo un puente en Boca del Río, cubiertos, no sólo de lonas y plásticos, sino de vergüenza nacional de la que Javier Duarte es el único responsable. Esto no es una amenaza, ni el autor incita al “desorden público”, pero está comprobado que Veracruz necesita a un gobernador que sea menos cobarde con el crimen organizado y más empático con la sociedad, pues el actual gobernador que el estado padece, actúa de forma contraria al interés público, y no sólo ello, sino que parece allanar el camino para que el crimen organizado actúe a su libre criterio, impidiendo que la ciudadanía dé aviso de los delitos que está presenciando.
Cuándo llegará el momento en que tengamos el poder de legalizar el castigo a gobernadores que actúan por el miedo a la crítica?
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