Siria: los límites de la impunidad
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Las imágenes sobre la represión en Siria difundidas por la red Sham el 28 de marzo son escalofriantes. El hermano del presidente sirio Bashar al Asad, el coronel Maher, jefe de la temible Guardia Republicana, graba con un teléfono móvil los cadáveres destrozados y las piernas amputadas y esparcidas entre las ruinas de una localidad cercana a Daraa.
En febrero de 1982, Rifaat al Asad, el hermano del entonces presidente sirio Hafez al Asad, perpetró una matanza sin precedentes en el país arrasando la ciudad rebelde Hama. El número de víctimas entonces se estimó entre 25.000 y 30.000. Sin embargo, la diferencia entre los dos contextos, el de hace 30 años y el actual, es abismal, aunque el régimen pretende mantener los mismos métodos de represión contra el pueblo sirio.
Cuando Rifaat al Asad, con los privilegios de la impunidad en la Costa del Sol, atacó Hama al frente de las macabras Brigadas de Defensa, el mundo era diferente y la opinión pública indiferente. No había información. La matanza de Hama pasó casi desapercibida porque a nadie le interesaba lo que hacía una dictadura con sus súbditos, cuando la sombra de la Guerra Fría planeaba sobre el planeta, cuando Líbano estaba sumergido en una guerra civil y cuando Sadam Husein acababa de provocar la primera Guerra del Golfo contra Irán.
La red y las conspiraciones
La situación cambió radicalmente y la tecnología se convirtió en el peor enemigo de las dictaduras árabes que intentan acallar las voces de unos pueblos jóvenes y llenos de vida, que aspiran a vivir en paz y a disfrutar por fin de la libertad.
Bashar al Asad y su hermano ya no tienen la ventaja que tenían su padre y su tío. Los canales que emi- ten por satélite no titubean a la hora de difundir imágenes grabadas por aficionados con cámaras digitales o teléfonos móviles. Las restricciones a los movimientos de periodistas extranjeros ya no sirven de nada porque los jóvenes viven en la era digital, mientras que los dictadores se agarran a la era analógica.
Así el régimen sirio opta por las armas de toda la vida: las matanzas y las torturas en los centros de detención de la policía política. Bashar afirma una y otra vez que se trata de una conspiración contra Siria. No hay que sacar el concepto de conspiración del contexto de la retórica de los panarabistas que recurren a la inagotable y a la vez abstracta excusa de la conspiración para explicar sus infinitas derrotas contra Israel, el fracaso de sus políticas económicas y sociales y tam- bién el descontento de su gente.
La dinastía al Asad no tiene por qué ser la excepción y escapar a esta trituradora de la historia. Desde la llegada de Hafed al Asad al poder en 1963, se vivieron situaciones excepcionales en Siria como el monopolio del poder por la minoría alauí y los leales al partido único Baaz, la utilización del conflicto contra Israel como fuente de legitimación del régimen, la república hereditaria y otras anomalías, pero el régimen sirio no será capaz de cambiar la esencia misma de la historia.
Los sirios pueden considerarse de hecho como rehenes de un régimen sangriento que salió bastante robustecido de la fallida guerra contra el terrorismo lanzada por Bush y su cúpula de extrema derecha. Situar a Siria en el famoso eje del mal fue el mejor premio que recibió ese régimen estalinista que se apo yó en el antiamericanismo árabe después de las guerras de Afganistán e Iraq. De hecho, cuando faltaban pocos meses para la entrada de Bush y sus colaboradores al basurero de la historia, al Asad fue invitado al desfile del 14 de julio de 2008 en París. Una manera de reconocer el importante papel estratégico de Siria, pieza clave en un complicado juego de alianzas con Irán y Hezbollah, retaguardia de facciones palestinas perseguidas por Israel como Hamás e interlocutor inevitable de actores regionales como Turquía, Arabia Saudí o Qatar.
Ni siquiera Israel está dispuesto a cambiar un enemigo eterno, pero débil por otro desconocido que le quitará la etiqueta de la única democracia en Oriente Medio. Mientras, el pueblo sirio es la víctima de este indecente afán estabilizador en la zona y del descarado realismo político de los estrategas occidentales


















