RidÃculos y peligrosos: El gabinete y la sinrazón cÃnica
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Vicente Fox tenía una fuerte dotación de humor involuntario. Su catálogo de traspiés ya es leyenda en el imaginario colectivo, alcanzando un punto álgido con el grandioso “Y yo por qué…” frase que , sin embargo, fue el más siniestro de sus ridículos desatinos. En esta fase final de sexenio, el segundo gobierno panista, en especial el C. Felipe Calderón, ha soltado una cascada de disparates que, más allá de la indignación multitudinaria, parece provocar una especie de estupor en la maltrecha población de este país. En el clima de opinión y aún en los medios circulan preguntas - a veces irónicas, a veces no tanto- acerca de las motivaciones que mueven a los funcionarios del Ejecutivo a producir tanto material para los caricaturistas políticos. Se habla de estupidez, de locura, de incompetencia; pero hay un acuerdo generalizado en la separación de la realidad que caracteriza a tales declaraciones. Al igual que las barbaridades de Fox, los desplantes de los secretarios causan risa; a diferencia de ellos, no son producto de la ignorancia o la simple falta de seriedad…
México ya es un caso particular, demasiado grave, en el contexto mundial. El “modelo” de Colombia hace mucho que no alcanza para explicar lo que aquí ancontece, ni para obtener soluciones. Las muertes numéricamente superan las de otros conflictos armados, pero la naturaleza de la violencia que azota a México no obedece a los patrones de las guerras civiles o internacionales. Tiene que ver con la cruedad extrema que no encuentra razón para detenerse, dentro de un “Estado de Derecho” que supuestamente sigue en funciones. Tiene que ver también con microfísicas, con vidas que no conocen otro modo de subsistir como no sea el abuso, la humillación y el sufrimiento causado en el otro. Es una violencia viral que se potencializa en el miedo, la frustración, la negación de toda solidaridad basada en la tolerancia y el respeto mínimo, de todo reconocimiento del derecho del otro a existir en paz, a no sentir dolor inflingido. Ciudad Juárez es la cresta, la manifestación radical de lo que se extiende y crece a nivel nacional; es la distopía pura del exterminio que revela un porvenir con rostro irreversible. Pero lo anterior no se origina en las masacres, en el sadismo cotidiano de la tortura y el asesinato. Se origina en la dominación y la explotación, en la violencia primigenia que arrincona a la subjetividad entre la supervivencia consuetudinaria y la autodevaluación inducida, y a la vez aprovechada, por el marketing y la publicidad. Esta producción de pobreza y resentimiento penetra lo más hondo de las relaciones, sumerge a la conciencia en el vértigo absorbente de la hostilidad, de la insensibilidad, del eventual placer de someter al semejante, puesto que la propia valoración se define a partir de su inferioridad económica, social, física, numérica, racial, armada, estética… Es la lógica del mercado, del neoliberalismo, que nutre la corrupción y la impunidad; es su motor, su raíz profunda. Por ello México es una maquiladora del daño, del quebranto, para el grueso de quienes lo habitan: un tipo inusitado de campo de aniquilación no del todo equiparable al comportamiento de los fenómenos bélicos conocidos, que termina en las ejecuciones, violaciones y las ráfagas de plomo, pero emana de la injusticia y la agresión legalizada, no así menos lesiva, de una ideología de la competencia despiadada y las ambiciones de poder y estatus.
Es por eso que las desorbitadas expresiones del gabinete Calderonista no pueden atribuirse únicamente a una miope necedad. Crecen en frecuencia y desparpajo proporcionalmente a la intensidad e inminencia del declive nacional en todas las áreas que competen a la élite burocrática. Las muertes de los mineros le sirvieron a Lozano para “promover” la reforma laboral so pretexto de las sanciones por incumplimiento de la normatividad, cuando su propuesta facilita la liberación de los patrones de obligaciones de todo tipo. Calderon habla de la educación cuando pretende restringirla, y sigue con los delirios religiosos. Cordero calcula que el dinero alcanza más… Pero ellos están enterados de que no es cierto. Lo saben. No son brotes psicóticos; no padecen retraso mental. Sus afirmaciones tienen otra lectura: la de la indiferencia y el desprecio. Cada tontería dicha comparte un mensaje generalizado: ustedes, los realmente afectados, no nos importan. Acaso su intención no sea el engaño, sino el establecer que pueden decir lo que les convenga para aquél que quiera creerlo; hacer propaganda sin preocupación alguna por la detección de las incongruencias, porque lo que subyace bajo el cinismo es una visión vertical, antidemocrática de lo que es gobernar. El recientemente proclamado respaldo de la jerarquía católica al derramamiento de sangre coincide con la desvergonzada euforia castrense de Calderón. Iglesia y ejército históricamente convergen en concepciones que desestiman asuntos como la igualdad y la consideración de la voluntad popular. De Maistre lo sabía. Y es esa convergencia la que enmarca la cadena de absurdos emitidos sin escrúpulo alguno por los integrantes prominentes de esta administración. Sí, la irreverencia es indispensable, la risa desmorona el poder, y por ello equilibra la preocupación, los focos de alerta frente a dirigentes que no le dan el menor valor al veradero Soberano del ideal de régimen democrático: el total de los ciudadanos a los cuales sirven. Así manda el Partido Acción Nacional. Su sistema de creencias no da para más, ni lo quiere. Merece nuestra irreverencia, nuestra crítica sin concesiones, y, en útima instancia, nuestro castigo en las urnas.


















