Retratos de Tina
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Los veranos nos recuerdan, cada año, que hay cosas hermosas en el mundo. Será que idealizamos los aguaceros y las quemaduras de piel, las encerronas en el metro y las moscas. Será que se acercan las vacaciones y las semanas antes de ellas uno se la pasa planeando el descanso. No fuera uno diputado, estaría planeando el albazo.
Yo ya no puedo esperar para los ansiados días de descanso. Cuento las horas, las baterías y las hojas de la agenda. Me asalta una urgencia de salir del trabajo para el mundo, leer el periódico sin marcarlo, recorrer con la mano los objetos de mi casa sin usarlos, moler el café con la mano y en compañía, mirar mi cámara y necesitarla.
Llega el último día de chamba y me alejo con un suspiro del retrato de impunidad que sacude las mega-obras de egos mal cimentados, convirtiendo a los ciudadanos en víctimas de potenciales de accidentes, producto de rabietas y venganzas. El final de sexenio amenaza con hacer del amor por México el eslogan de obras que acaben con el mismo.
Cargar cosas bellas: Unos aretes de felicidad
Mientras trato de ponerme unos aretes frente al tocador, me digo “No llevaré conmigo cosas que arruinarán la estancia”, pensamiento inmediatamente seguido de un cambio de accesorios.
La regla de las vacaciones es asegurarse de que no se convertirá en una semana atrapada en algún hotel donde el trabajo te alcance. Lo ideal sería dejar todo artefacto de comunicación en casa, pero mientras empaco me doy cuenta de que dejar en casa el celular, el ipod, la lap, la cámara, los cables, etc. ya no es opción. Al final me decido solo por el ipod y un nuevo cambio de aretes.
El Guayabo me manda un correo, un tuit, y un mensaje al feis, muy irritado porque mi celular es un muro sin respuestas. Me reclama que no me ponga en contacto inmediato con él para detallar sobre nuestra salida, el itinerario, etc. Debatir sobre lo incomunicados que estamos con tanto aparato supone planchar los viejos argumentos de que ahora sí “todos” tienen voz. El Internet con sus beneficios, si bien el gran medio democrático de nuestra generación, camina el beat de la resonancia de los medios de siempre. No nos enteramos de nada, ni de nosotros mismos mientras navegamos aimlessly, day in and day out.
Frente al librero, miro largamente la fila de libros y los objetos que, como adorno o circunstancialmente, han ido a parar sobre las repisas. Hojeo el libro quiero llevar conmigo a la playa.
Parada frente a mi puerta en espera de El Guayabo y Anaís, mis aretes se agitan con el viento suave que nos llevará lejos y me hacen pensar que ahí en la banqueta, al menos en ese momento, todo es bello. El Museo de la Inocencia me abre sus puertas y yo, que deseo un momento de genuina felicidad, me embarco en la aventura ya sin ocuparme del equipaje.
Los paisajes: las cuotas de la belleza
Camino hacia el Golfo de México, las autopistas flanqueadas por militares, policías estatales con armas largas. Mi cámara me pesa sobre las piernas, canturreo The Blower’s Daughter con lágrimas de cursilería en los ojos mientras espero que la niebla abra paso a la luz del mar y las bellezas de la selva.
El Guayabo maneja furioso pues su tiempo estimado de viaje se ha casi duplicado con mis continuas bajadas al baño y las compras de toda clase de chácharas de Anaís. Los hombres no entienden que las mujeres simplemente no podemos darnos el lujo de orinar donde sea. Entonces, si el bajar del auto significa encontrarse con chácharas, ése es sólo un daño colateral.
En una de las treinta y cuatro paradas técnicas, nos encontramos un puesto de langostinos a un lado de la carretera. Afuera del auto, la humedad se nos pega a la piel con una brisa jarocha que hace que las palabras de los pescadores se escuchen aún más rápidas, sus pies en sandalias se hagan de sombras largas y oscuras.
Aunque embobada con el paisaje, de pronto caigo en cuenta que se ha ido el tiempo. Al preguntarle la hora al dueño del puesto veo que, sin mirar hacia ningún reloj me contesta “Ya casi son las 6, ya debería empezar el juego” dice impacientemente. El televisor, colocado entre las bolsas de camarones da la hora del día, y las actividades desde hace años en todos los rincones del país. Ocasionalmente la programación que se interrumpe para hablar de las balaceras y los heridos, los descontentos, los túneles, los caídos y las granadas que no lejos del muchachos y su tele, se hacen las consecuencias tangibles de las políticas de dar garrotazos cual turno a la piñata. Vamos ganando la guerra contra esos malotes narcos que nada tienen que ver con los que pregonan el amor por México mientras hacen de los puestos políticos la lavandería más grande de nuestra historia.
-¿Hay muchas balaceras aquí?- le pregunto al chico mirando las imágenes del acuario del Puerto de Veracrúz que salen en televisión.
-Algunas. Si uno no se mete con ellos, ellos no se meten con uno. – responde el chico sin intención de alargar mucho la conversación. Me da mi cambio por la compra y lo observo separando la ganancia en dos cajas latón diferentes.
-¿Piden cuota para estar aquí?- pregunto mirando hacia los demás puestos alineados junto a la carretera.
-Sí- me dice, no sin un dejo de irritación.- A todos hay que darles su parte para que lo dejen a uno trabajar. A mi papá antes le pedían y él les daba y estábamos bien. Ahora tenemos que darle a todos, los policías, los zetas y hasta a los de paso, para que no haya balaceras en esta sección de la carretera. Y eso, ni pagando esta uno seguro. Hace un mes le dieron a mi primo en la pierna, estaba allá adelante vendiendo, se asustó y cuando se echó a correr con su chalán les dispararon a los dos.
-¿Salvó la pierna?- le digo buscándole los ojos al muchacho, que en el relato ha perdido la sonrisa jovial con la que nos recibió en un principio. Su cara, de no más de 18 años, se marca de surcos.
- Nos lo llevamos a la clínica y ahí se lo llevaron a un cuarto cerrado donde le hicieron muchas preguntas antes de atenderlo. Nos quitaron a todos los de su familia los celulares en la puerta. Luego nos dijo el enfermero que hasta a los doctores les quitan los teléfonos para que no se sepa en ningún lado.
Ya uno qué se va a estar preocupando en ese momento por esas cosas, de la información si lo único que quiere es ver a su familiar. Mi primo, pues se salvó pero su chalancito ahí se quedó. Y eso no sale en la tele- reclama mirando el aparato de su puesto- de eso casi ni se habla. Pero aquí lo vivimos todos los días.-
Sin palabras que devolverle al muchacho, le trato de sonreír en solidaridad muda. Mientras, el televisor anuncia el comienzo del partido el muchacho voltea hacia el aparato y abstraído bebe de su cerveza; las marcas en su cara aún evidentes pero los ojos puestos en la pantalla. Debemos hacer como si nada nos ofendiera, nada nos doliera, esperar que la tele nos diga cuándo, cómo y qué es lo que sentimos cuando nos asesinan a los nuestros.
El verano mexicano: la colección de las pérdidas
Días de selva, de cascadas, de bellezas inesperadas. Había echado de lado lo que es sentirse rodeada de tantas cosas hermosas y saberlas mías, nuestras. Nuestro país tan lleno de tesoros, con la posibilidad de respirar el aire del océano, sentir el agua de río mezclarse con el inmenso mar, poder atravesar desierto para llegar a la playa, recorrer montaña tras montaña, sentir un chubasco de agua caliente. Yo guardo los retratos entre las páginas de mi libro que, leído en la playa justo como había deseado hacer, se hace parte de mi paisaje en la memoria.
Mientras meto las maletas al auto y me preparo para el regreso, con agenda en mano tomo nota del noticiero local que anuncia las pérdidas acumuladas durante las vacaciones. Me despido del lugar junto al mar para volver la cara a las fotos del mañana que mostrarán nuestra historia de pérdidas incalculables, historias que en nuestras acciones y omisiones nos dejan paisajes de lo que somos. Yo, en lo mientras perdí unas chanclas, uno de los aretes que tan cuidadosamente había escogido para la ocasión y hasta un par de calzones.
¿Qué hacemos cuando perdemos los objetos que nos fascinan, las que nos son hermosas o importantes? Si dejamos ir aquellas cosas que nos hacen repensarnos, las que nos hacen revalorar lo que nos da sentido ¿con qué nos quedaremos?
El México que va ganando se dedica a matar a sus artistas, matarles la esperanza, quitarles las palabras y los sueños. Herir a quienes pintan el futuro, a quienes retratan las pasiones. La pobreza nos alcanza y en defensa propia nos contamos cuentos aspiracionales. Nos aterra quedarnos sin nada, pero la pobreza es asunto de cifras que a nosotros ni nos toca. Uno solo debe asegurarse de pagar la cuota requerida de las oportunidades, la cuota de la telecracia.
Abro la puerta de mi casa después del largo viaje. Tomo la cámara y disparo solo para saberme en casa, entre los objetos que son míos, bellos para mí, parte mi museo en el México que guarda mis felicidades y dolores. Disparo, aimlessly, para no saberlo todo perdido.
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Bilhá Calderón
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