Para que nunca olvides
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Manuela se pinta los labios. Ella sabe que José no la ve, que José ya no la mira. José se perdió hace años en un laberinto llamado alzheimer .
Pero ella, como si se tratase de un ritual, cada mañana después de lavar su cara con agua fresca y jabón, se pinta los labios.
Ha sido siempre una mujer coqueta, enamorada de su marido.
Los recuerdos, lúcidos en su cabeza, le asaltan llevándola de vuelta al pasado para evocar los días en lo que era una mocita y esperaba a José con la impaciencia de una joven ilusionada.
Sacaba la silla a la puerta de su casa y dibujaba en el aire ligeros trazos con su abanico, esperando a su novio mientras la tarde caía llenándose de aroma a jazmín y dama de noche.
Cuando él aparecía montado en su destartalada bicicleta, ella presurosamente sacaba una barra de carmín heredada de su hermana mayor y se pintaba los labios para que José la viera guapa.
Manuela nunca necesitó adornos, ella era una mujer hermosa.
Los años que vivió junto a José fueron los más felices de su vida. Compartió su historia con el hombre que amaba y ambos formaron una familia de la que se siente enormemente orgullosa.
Cuando los descuidos y la desmemoria comenzaron a azotar a la mitad de su vida, Manuela se enfundó de valor y emprendió una batalla personal contra el olvido.
Es por ello, que cada día entona las canciones que siempre gustaron a José. Le canta a su marido con el tono desgarrado de una mujer que no se resigna a perderlo.
Manuela espera que algún día a José le aborde un recuerdo y que ella forme parte de ese instante, que esté cerca de él para verlo sonreír.
Manuela se pinta los labios aunque José no la vea, aunque su José no la mire, esperando el momento en el que se crucen las miradas y que los vacuos ojos de él se llenen de vida y descubra , al igual que cuando se vieron por primera vez, la cara hermosa de una mujer que lo ama con locura…


















