Sociedad - Martes, 10 de enero de 2012

La velocidad de la vida cotidiana

 
La velocidad de la vida  cotidiana
La magnitud de la velocidad la obtenemos al medir la distancia sobre el tiempo: en cuánto tiempo transita o recorre un objeto un determinado trayecto


Por

Camilo Ramírez Garza

Psicoanalista

Twitter:@CamiloRamirez_

 

“La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis"
Milan Kundera, La lentitud

 

Admitir la explicación que acabamos de enunciar sería atribuir a nuestra alma la facultad de cambiar la profundidad de su reposo con una velocidad y una facilidad inadmisibles.

Sigmud Freud

 

Sabemos también que la luz, noción de su velocidad precisamente, es la única que nos da absoluto mensurable de lo real. Y es al mismo tiempo como de él se demuestra la relatividad.

Jacques Lacan

 

La magnitud de la velocidad la obtenemos al medir la distancia sobre el tiempo: en cuánto tiempo transita o recorre un objeto un determinado trayecto. Según se expresa V=D/T (Velocidad es igual a distancia sobre tiempo)  Sin embargo la velocidad, además de ser una magnitud física que mide cuantitativamente el desplazamiento de un objeto por unidad de tiempo, es una experiencia subjetiva que plantea al sujeto diversos cambios en la concepción de sí mismo  y de su entorno, los cuales le devuelven una imagen transformada de su espacio y movimiento en el mundo vertiginoso donde había; sobre todo en estos días cuando la velocidad ya no es solo velocidad física (un cuerpo o una máquina o un cuerpo interactuando dentro de una máquina) sino una experiencia virtual, por ejemplo, la velocidad de la conexión a la internet, la trasmisión de datos que lo soporta, ¿Cómo es que esa experiencia –la de la velocidad de la red- pasa a afectar y organizar el cuerpo y por ende la subjetividad humana, desde un “Te llamé y no me contestaste” a la desesperación al esperar haciendo fila en un banco?

Pasa algo curioso con la experiencia de la velocidad y las distancias: éstas se acortan  o alargan dependiendo que haya recepción del celular y conectividad al internet.

Hace algún tiempo veía un comercial en donde un jefe desenfadado le indicaba a su también relajado asistente que realizara al menos 10 actividades en diversos puntos dentro y fuera del país, terminando con la pregunta: ¿Cuánto crees que te tardes? El descansado y des-estresado asistente le respondía mientras titubeaba un instante, “como unos 5 o 6 minutos”. Escenario utópico solo posible gracias a la aceleración de las comunicaciones con su claro mensaje: “No es necesario que usted o los demás se aceleren, se enojen o se estresen, le grite usted a su asistente, la máquina se acelera por usted” ¿Será, que solo la máquina es la que se acelera mientras los demás podemos dedicarnos a…? Con el mensaje de fondo del neoliberalismo global: solo los negocios, ya no la izquierda y la derecha con sus perpetuos conflictos, nos pueden otorgan la tranquilidad y quietud necesarias.

El cuerpo humano al ser inacabado se construye por referencia a lo especular (el otro, la imagen en el espejo, el lenguaje, las prótesis, la maquina, etc.); en ese sentido, como el lenguaje, también la máquina le imprime consistencia al cuerpo, lo afecta y construye; noten como el cuerpo se organiza y desorganiza al convivir e interactuar con máquinas, desde el pezón de la madre, pasando por el biberón, la cuerda de saltar, la bicicleta, la TV, las computadoras, los video juegos, los instrumentos, la radio, el celular, los autos, las motos, aviones, etc. cada máquina no solo potencia una habilidad del cuerpo (los lentes, ver mejor, prótesis auditivas, prótesis químicas, etc.) sino otorgan un soporte imaginario al sujeto, dándole la noción –si acaso momentánea- de seguridad y completud; sensación que en un instante puede desaparecer ante la irrupción de la falla del cuerpo y de la máquina. Podríamos decir que los choques como las simples caídas o el estrés mismo, son experiencias que reintroducen además de lo real del cuerpo (el caos de las fallas, el no todo) una muestra o efecto de que el cuerpo no es solo una máquina, sino algo  singular y no un bíos del zoo como señala el biopoder, por más que –como señala Kundera- “La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre”, el choque muestra su caída. Hace algunos años unos jóvenes tuvieron un trágico accidente en una de las principales avenidas del sur de Monterrey,N.L., México: modificaron una camioneta al estilo de “rápido y furioso” añadiéndole diversos dispositivos para que pudiera alcanzar velocidades casi supersónicas, al estrellarse a gran velocidad las llamas envolvieron con la misma velocidad sus cuerpos, que solo sus gritos hablaron desde adentro; el grito, como desmaterialización de la palabra, junto a las llamas, tomaron el relevo del acelerador del motor de la máquina empujado por un pié que se sentía quieto y seguro.

El mercado juega a hacer creer que los deseos son para realizarse todo el tiempo, “no te dice que hay que desear, sino como hay que desearlo” (Zizek, The Pervert´s guide to cinema); que si no se es feliz y no se goza es porque uno no se atreve, como si la propuesta fuera entonces vivir en un perpetuo salto del bungee; que “Ser bello es ser rápido”. Ojalá que los políticos, por ejemplo, no se vieran también imbuidos por el sensacionalismo del rating del mercado y planearan mejor sus estrategias y políticas públicas, más que estar en el ensayo y error de decir y hacer algo para acto seguido medir y medir con encuestas y diversos instrumentos su popularidad, y la sensación de su imagen en el electorado.

En los efectos de la velocidad en la vida cotidiana se pueden encontrar algunas claves para entender y tratar  algunas de las múltiples afecciones de ¿La disfunción/defunción eréctil? (¿Muy lento? ¿Muy rápido?, etc.), así como del estrés, como malestar efecto no solo de la saturación y sobrecarga de actividades, sino de la imposibilidad de cumplir el mandato superyóico: ¡Debes de gozar todo el tiempo y muy rápido! Por ello no es casualidad que se prefieran las drogas estimulantes sobre las depresoras del sistema nervioso. Así como los calmantes para poder “cortar” y así poder al menos dormir un sueño y descanso químico. Con el circuito correspondiente: pastillas para activarse y acelerarse, pastillas para dormir- pastillas para despertar.

El imperativo categórico superyóico en dichos contextos sería –como lo ha señalado el filósofo y psicoanalista Slavoj Zizek- “¡Debes gozar!” O en su forma de orden: ¡Goza!” que ofrece y eleva al sujeto a la categoría de un puro ente de goce (“Gozo entonces existo”) en donde la consecuencia –y ello lo muestra muy bien la clínica psicoanalítica- es de encapsularse en una angustia, cuando no en los efectos del cansancio y fastidio en el cuerpo, ante lo cual el sujeto –por más conservador que pareciera en estos tiempos- para “curarse” podría suministrarse dosis de frustración. Es decir, la experiencia del psicoanálisis nos enseña algo fundamental sobre las vidas humanas: también se nos está permitido –e incluso es necesario- padecer una dosis de sufrimiento y dolor, y en este caso de la velocidad, de lentitud; que los sujetos no somos necesariamente felices obteniendo lo que queremos, como nos quiere hacer creer el mercado, que eso sería más una pesadilla, por ello los chinos advierten “Ten cuidado con lo que deseas”, mientras que una maldición gitana reza: “Que se te cumplan todos tus deseos”, sino que la felicidad también consiste – por más paradójico que parezca- en no obtener lo que se desea. O como podríamos decir más traumáticamente como una verdad de los humanos que nos cuestiona justo porque nos confronta: que en realidad lo que decimos y declaramos que queremos no es en verdad lo que queremos, que no queremos lo que deseamos.

“A fuerza ni lo zapatos” dice la sabiduría popular. Hay diversos malestares  que los humanos padecen que muestran los efectos de intentar acelerar experiencias que por demás requieren su tiempo, el amor es una de ellas. No es posible saber cuánto tiempo, pues  “No todo lo que cuenta se puede contar, ni todo lo que se puede contar siempre cuenta” (Albert Einstein) Requieren un tiempo y un ritmo singular que no se puede saber, sino viviendo.

En el caso del amor, hay quien dice “No quiero perder mi tiempo contigo, necesito saber ya que onda”, como “Si quiero algo con el/ella, pero no quiero estar esperanzado/a algo que quizás pueda que no llegue a…” las experiencias amorosas son unas que al querer forzarlas en algo, despojarlas de la delicia de perderse en el tiempo con el otro o querer vivir sin riesgos (¿Me quiere no me quiere?) algo en ellas se pierde; no se puede ordenar amar por orden o decreto, acelerar el amor, ese que surge o se pierde en un momento, no se sabe cuando ni como, pero surge, de ahí su encanto, desear una relación amorosa a la medida, cual bebida personalizada de Starbucks, sin perder tiempo ni sufrir, a la manera de un producto “bueno, bonito y barato”, es decir sin la batalla del batallar es cancelarse la posibilidad de conocer algo del otro y de sí en la quietud sin la premura y la urgencia, contextos donde surge el deseo.

Así como la comida puede tragarse con la rapidez y bastedad de un concurso de comida al estilo del programa “Man vs food”, donde el acento está puesto en la cantidad y el tiempo breve en que se consume, la comida también puede saborearse dándose el tiempo de paladear sus diversos sabores, matices y texturas. De igual forma el amor al acelerarse  por los límites del goce “siempre juntos y siempre feliz” sin fallas, ni problemas, toma una ligereza que cualquier aire tumba, pierde cuerpo, deseo y esperanza, justo porque se pierde la espera. Se clava en un instante, literal y sexualmente “se clava” en un instante, pero se pierde el porvenir de la ensoñación amorosa, si se me permite la expresión, esa que posibilitaría el pasaje del enamoramiento (todo lindo color de rosas, sin fallas ni problemas, la la la la laaa) al del amor que responde no solo por lo “bueno” del otro, sino por su dimensión traumática, ominosa, su “dark side of the moon”, que hace ver que no todo es color de rosa, ni en el otro ni en sí mismo, dimensión que –como al caminar y correr- nos regresa al tiempo de un tiempo.

 

Twitter: :@CamiloRamirez_

Camilo Ramírez Garza / @CamiloRamirez_ - Contenidos EMET
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