Nacional - Jueves, 12 de mayo de 2011

La Marcha y la respuesta

 
La Marcha y la respuesta
La Marcha en sí fue emotiva. Partiendo de Ciudad Universitaria, como un llamado a los jóvenes de este país a actuar por el bien del pueblo, salimos apenas 7 mil, entre los admirables marchistas que venían desde Cuernavaca


Según datos de The New York Times, la Marcha Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad que concluyó el pasado domingo en el Zócalo, reunió alrededor de 150 mil personas, aunque menos de la mitad se quedaron a escuchar las propuestas y testimonios de los oradores.

La Marcha en sí fue emotiva. Partiendo de Ciudad Universitaria, como un llamado a los jóvenes de este país a actuar por el bien del pueblo, salimos apenas 7 mil, entre los admirables marchistas que venían desde Cuernavaca , los desvelados que decidieron sacrificar un domingo en nombre de los que piensan es correcto y universitarios, muchos universitarios.

Los universitarios no nos callamos, a pesar de que en varias ocasiones uno que otro nos recordó la naturaleza silenciosa de la marcha, defendimos nuestro derecho a gritar, a desgarrar nuestras gargantas para desahogar la frustración en la que nos ha sumido la sangre derramada en el país. A la mayoría de nosotros no nos han matado a nadie, no nos han detenido en un retén, no nos han tocado las balas, no nos han secuestrado ni nos han reclutado, pero nos duele, México nos duele, rechazamos la idea de abandonar a nuestra patria a esa desgraciada suerte y sabemos que uno es demasiado, no nos ha tocado directa, pero indirectamente sí. Ahí estábamos, acudiendo al llamado de los mexicanos que, como me comentaba el taxista que me llevó a CU, “los necesitamos, los estudiantes tienen que participar”.

De la UNAM, del Poli, de la prepas, las vocacionales y CCHs. Cientos de jóvenes pidiendo paz a nuestra forma, gritando consignas nada condescendientes, bailando, aplaudiendo, corriendo y claro, diciéndoles a los ciudadanos “No están solos”. Durante nuestro caminar de alrededor de 10 horas nos encontramos con muestras de apoyo significativas al nacionalismo a flor de piel. Unos chavos del CCH Sur de blanco y con flores, una mujer desde su balcón gritando “¡Estamos hasta la madre!”, otra mujer con un cartel en el que se leía “No puedo acompañarlos pero estoy con ustedes”, religiosas con flores y mantas exigiendo paz, una familia repartiendo agua de Jamaica, chavos y chavas repartiendo tortas, pan y agua embotellada, un niño de no más de 5 años gritando solo “¡Fuera Calderón!”.

Pequeños actos que en ese momento se volvieron grandes. Un chavo que al tiempo que leía poesía, pegaba en los postes consignas impresas en una de esas máquinas que huelen a 68, consignas que animaban a la unidad latinoamericana, insultaban a Felipe Calderón e invitaban a la participación ciudadana. La marcha no fue silenciosa del todo, al menos no por parte de los universitarios que alzaban pancartas contra la violencia y en pro de la educación, contra los feminicidios y los crímenes por homofobia.

Llegamos a la plaza de la Constitución, una Constitución que, como bien lo señaló Javier Sicilia, ha sido tantas veces violada por el gobierno federal. Y no estaba llena, el número de gente era notablemente menor al que vimos atiborrar eje central. Entramos por 5 de mayo entre Goyas y mentadas de madre que tuvimos que guardar porque ahí ya estaban hablando.

Las 6 propuestas con sus respectivos incisos fueron leídas por Olga Lidia, cada una de ellas aplaudidas por la multitud. Aunque hubo momentos clave que demuestran el hartazgo de la población no sólo por la violencia, también por sinnúmero de injusticias institucionales que sabemos detienen el progreso del país, por ejemplo, cuando se propuso la disolución de la cúpula del SNTE, las cabezas asentando, las manos aplaudiendo y las gargantas diciendo “Sí” interrumpieron un rato a la oradora. Es decir, la mayoría de los asistentes estábamos ahí para decir ¡Ya Basta! al sistema podrido y no como lo quiso encausar Felipe Calderón.

Se leyeron casos emblemáticos de injusticia como el de Marisela Escobedo, el de Don Polo y los nenes de la Guardería ABC, pero molestos los asistentes gritaron “Todos”. Más aplausos llegaron con el rechazo a la Ley de Seguridad Nacional, la exigencia de aprobar en no más de tres meses la Reforma política, el mejoramiento de los sistemas de detección de lavado de dinero y, por supuesto, la exigencia del despido de Genaro García Luna.

Esa fue la exigencia de los oradores, reformas, todas, necesarias y que los asistentes aplaudimos sin restricciones, excepto, quizás, por la inclusión de la reelección a ciertos niveles de gobierno, pues durante la lectura de este punto, un murmullo envolvió a la principal plaza del país, muestra perfecta de la desconfianza en la política y los políticos, sin importar cuán avanzada sea dicha iniciativa. Cuatro o cinco veces todos los asistentes coreamos “¡Fuera Calderón!”, sin duda el grito más fuerte y decidido, pero los convocantes no se atrevieron a unírsenos. Sicilia, en un movimiento hábil dijo: “No, que no muera, no más violencia, mejor que renuncie” y continuó con su texto. Así, confundiendo las palabras evadió la responsabilidad de cargar con una bandera necesaria para el país, la deposición del Presidente, pues en tanto no ruede la cabeza del presidente, seguiremos gritando al vacío y negociando con el verdugo.

Sicilia finalizó su intervención con 5 minutos de silencio, después de él sólo faltaba la intervención de un poeta para concluir el evento, pero el replique de las campanas de Catedral no lo permitieron. Apenas empezó a hablar, las campanas lo hicieron inaudible, de inmediato se escuchó una rechifla dirigida al campanario, pasaron los minutos, el poeta acabó, se despidió el movimiento y las campanas seguían replicando. Intervinieron otras personas en el templete pero ya fuera de la formalidad, fue entonces cuando los hombres a cargo dejaron de tocar las campanas, a la rechifla se le sumaron las mentadas de madre y ante la provocación del hombre en el campanario, quien burlonamente saludó a los marchistas, alguien gritó “¡pederastas!”, pronto, mientras la gente desalojaba la plaza, más de la mitad de los asistentes coreaban “¡Pederastas, pederastas!”, grito sólo superado por el “¡Fuera Calderón!”.

La Catedral en el centro histórico disolvió la Marcha Nacional, pero los medios nacionales también. La minimización del movimiento de este 8 de mayo fue increíble pues como ya lo preveíamos, fue abordada como una marcha más, e incluso se llegó a decir en medios escritos que fue “un fracaso”. Claramente ajenos al interés de los ciudadanos, Televisa y los medios suscritos a Iniciativa México, desviaron la atención únicamente hacia la exigencia del despido del secretario de Seguridad Pública y la clara negativa del gobierno.

El espaldarazo del gobierno de Felipe Calderón a su secretario también es sorprendente, pues tal parece que es intocable. Además de la obvia necedad hacia los llamados de la sociedad organizada, comparada con la subordinación a empresarios o el gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, Calderón nos manda el mensaje claro de que la guerra no se negociará, sin importar cuán sucias estén las instituciones y sus representantes. El presidente ha llamado al diálogo con los convocantes de la marcha, pero dejó bien en claro que no están de acuerdo con algunos de los puntos y que el ejército se queda en las calles, eso no se discute. La cerrazón de Calderón está llegando a niveles preocupantes. La dictadura se está revelando tal cual es y lo único bueno que podríamos sacar de eso es una reacción social más decidida.

¿Por qué no pedir la renuncia de Felipe Calderón? ¿Cuántos más tienen que morir, cuánta droga más se tiene que consumir, cuántas armas más se tiene que tolerar? ¿Por qué pensar en un juicio político hasta después de que concluya su sexenio? ¿Por qué dar pasos firmes pero insuficientes? ¿O de verdad pensamos que “no estamos tan mal” como para exigir eso? ¿Dejar que Felipe Calderón concluya de verdad ayudará a la estabilidad del país? Como lo escribió Saramago ¿No estamos todos ciegos sin serlo? En México ya nos hace falta castigar a un presidente, hacer tocables a esos que se mantienen de nuestros impuestos a pesar de que años después se les demuestran crimines. Mientras no castiguemos a alguien de peso, los políticos y los medios seguirán despreocupados por marchas como la del domingo.

Omar Velasco - Opinión EMET
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