La enfermedad neoliberal
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Charles Dickens comienza su novela “Historia de dos ciudades” con senda sentencia: “para la autoridad, el bien y el mal sólo podían tratarse en grado superlativo”. Así hoy, con el tremendismo como la marca personal que caracteriza a los comunicadores del régimen actual; sólo un asunto es “malo” cuando la circunstancia es inocultable, cuando es imposible enmascarar la gravedad de un asunto con discursos o notas aderezadas con la habitual dosis de cursilería que medra la dimensión de una tragedia. Debajo de esa definición persisten hechos que no alcanzan el grado necesario para considerárseles “malos” o graves.
Este tipo de libertad dirigida es consecuencia de un proceso anti-democrático que no sólo priva en los medios de comunicación sino que muchos son los ciudadanos que bajo el acto soberano de elegir una opción, deciden postrarse ante el régimen guerrerista que padecemos, eso si, todos y cada uno de nosotros, mediante el consumo irreflexivo de medios colaboracionistas.
Lo superlativo; mantenerse por debajo de lo “muy malo” es permisible para quienes justifican su papel de consumidor o generador de medios oficialistas. “¿Qué tanto es tantito?” argumentan como lo dicta el viejo estigma mexicano, de justificar la gradualidad de un acto abyecto de por sí.
Bajo el estado neoliberal en el que nos encontramos, quizás se antoja complejo el abstraerse de esta dinámica de consumo de información basura pues el consumo por sí mismo es un acto social que deriva en juicios de aceptación en un grupo social o demográfico, pero no es imposible y también quizás sea necesario cierto espíritu de disidencia para dejar de ser un contribuyente, voluntario o no, de alimentar a los poderes fácticos.
Recuerdo en estos momentos un fragmento del gran discurso Anti-Sistema de Julio Anguita (el cual puede encontrarse en YouTube) en el cual, a grandes rasgos, deja claro que el neoliberalismo ha logrado conquistar las mentes de las personas, mientras que aquellos que tienen la posibilidad de alzar la voz, no lo hacen, aún cuando tienen el privilegio, cada vez más escaso, de disentir.
A los ojos del moderado, estas cuestiones le son menores, hasta insignificantes; y por ello defenderán las diversidad de voces que constantemente afirman que en México no pasa nada, que estamos mejor que nunca. Consumir, dar cabida, a esas expresiones es colaborar, contribuir con el desastre en este país.


















