El PRImperio contraataca: telenovela electoral
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A Enrique Peña Nieto las cosas “se le dan”. Una chica, estudiante de comunicación, que lo entrevistó por parte de la sección de espectáculos de una importante radio- difusora el día del cumpleaños quince de su hija, lo describe con una peculiar candidez: “Yo me enamoré… es carismático, buenísima onda, súper-atento, y le dijo a su cuerpo de seguridad que permitiera que nos acercáramos… muy guapo…” Las impresiones de este tipo son sintomáticas. El trabajo sobre la imagen del Gobernador parece tener líneas claras desde una lectura de las mayorías despolitizadas. Su partido es un caso complejísimo de análisis, pero pueden derivarse conclusiones de relativa contundencia que, aunadas a las estrategias que su candidato presidencial representa, nos colocan ante un escenario muy difícil para quienes se oponen al retorno de la “Dictadura Blanda”. No importan las pretendidas renovaciones y el arribo de generaciones jóvenes; el Partido Revolucionario Institucional tiene un “ideario” básico no dicho, pero aplicado a través de 70 años: La perpetuidad del poder, de la cual podrían impartir capacitación experta, como demostró Mario Marín cuando convirtió su inhumana burla de la ley y la dignidad en una especie de método enseñable a partir de un caso de “éxito” ante una “crisis” de imagen. No es de extrañar. Ese partido jamás tuvo a la democracia como un objetivo, sino como un instrumento de simulación. Su fundación supuso instalar una estructura autoritaria que concentrara las heterogéneas inconformidades del país, transformándolas en promesas que jamás pretendieron cumplirse a no ser que ello reportara capital de respaldo a su permanencia. El PRI no fue hecho para la democracia: fue hecho para establecer condiciones favorables a unos cuantos bajo la farsa electoral. Fue hecho para institucionalizar la desigualdad y conservar el mando, y nunca ha tratado de ser otra cosa, como tampoco lo tratará ahora en su joven aspirante a la Silla. Las viejas guardias, sí, se enfrentan a remesas de sangre nueva, que heredan el espíritu esencial de su organización, el espíritu de hacerse del gobierno para permitir el enriquecimiento de quienes paguen mejor su derecho de piso, que obvio, son muy pocos. Lo que cambia son las formas, los medios, los modos de conocimiento de la opinión pública para conseguir su favor. Enrique Peña Nieto es una muestra de los cambios que operan en el partido. En eso consiste su actualización, en revitalizar la mampara que oculta lo mismo de siempre: la voracidad por el poder. El ahora Gobernador parece manufacturado para el ejercicio de la manipulación, si la entendemos desde tres ángulos:
La seducción: Se inhibe la racionalidad los sujetos a través de relatos, imágenes, narrativas e incluso rasgos físicos simpáticos, conmovedores o proyectivos. El personaje o asunto que se ofrece es envuelto en una serie de elementos que provocan una atracción ilógica y por supuesto, no muy consciente.
La dosificación de la realidad: Los hechos de importancia se seleccionan y se distribuyen de forma estratégica, ocultando o bien minimizando los datos en un momento inconvenientes, pero posiblemente útiles en el futuro según las circunstancias.
La conversión de la información en espectáculo: Los acontecimientos se dramatizan para generar la sensación de entretenimiento. La atención es desplazada hacia la apariencia impactante que construye una especie de ficción, evitando en lo posible el procesamiento crítico de los contenidos.
Nuestra sociedad, caracterizada por la pereza mental crónica, se ha curtido en la evasión de realidades amenazantes, y es materia dispuesta para la manipulación propagandística en torno un candidato cuya trayectoria demuestra la profunda entraña autoritaria y el desprecio por los derechos humanos que identifican la historia sucia de su partido. Ello no importa. Su matrimonio de ensueño, el efecto sedante que ejerce sobre personas políticamente “neutras” (abundantes por cierto), la entrada en las revistas del “corazón” y la farándula, han hecho que incluso su “cadáver en el closet” (muchos políticos de alcance presidencial parecen tener uno, por lo menos como leyenda urbana) sea un evento que palidece en las encuestas que le dan la ventaja, volviéndose una anécdota de “pimienta” para la carrera electoral. Según la reciente filtración de Wikileaks sobre Peña Nieto, los norteamericanos detectaron la continuidad de la cepa priísta en la gestión del EDOMEX. Ningún descubrimiento sensacional. No podría ser de otra forma. Se trata sólo de información que les sirve para calcular sus intereses, tomando en cuenta que ese estilo de mandato es el que les entregó este país por décadas. Lo preocupante es que no son pocos los que consideran viable regresarle el voto al PRI en aras de su “experiencia” dirigiendo México, desde la peregrina idea de que los fracasos y desastres de las administraciones panistas son una cuestión de novatos, ignorando que se trata de la imposición por dos vías cada vez más aceleradas de un sistema global que exige aliados domésticos evaluados por su eficiencia. Así las cosas, la personalidad del nuevo contendiente priísta y su andamiaje mediático parecen despuntar en una sociedad del espectáculo y la tontería, mientras que la prolongación, declarada por el mismo Peña Nieto, de la violenta catástrofe que nos castiga, está garantizada si el electorado cede al encanto sutil de la manipulación.


















