EL PIADOSO ESPECTÁCULO: Sicilia y su diálogo con la crueldad
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Si aún se puede esperar algo bueno del cristianismo es un asunto escabroso que rebasa cualquier simplificación jacobina. Algunos dejamos de creer por simple insuficiencia de argumentos, o porque la ciencia complica demasiado la idea de un ser superior preocupado por sus criaturas. Otros tienen motivos más fuertes, vivenciales, experiencias no pocas veces trágicas y dolorosas. Los que algún día tuvimos una fe que trataba de convivir con la razón, acaso, desde el ateísmo o el agnosticismo en los que terminamos, tengamos una mirada menos radical y más crítica sobre el futuro de un discurso religioso que parece estar en un descenso difícil de superar, sobre todo hablando de su vertiente católica. Javier Sicilia llegó a ser para muchos un indicio de cristianismo católico esperanzador. Desde la filosofía y la literatura inició un intercambio con el pensamiento moderno y aún posmoderno, en consonancia con otras inteligencias como el desaparecido José María Mardones, que dejan bien claro que no es lo mismo Onésimo Cepeda que Gabriel Marcel; que no todos los católicos son la curia romana y sus infames peones en las altas jerarquías locales.
Pero a Sicilia le llegó la tragedia. Y su rumbo cambió. Se vio a sí mismo ante una encrucijada que le empujó a salir del gabinete de la reflexión a la praxis para transformar la realidad. La verdad es que no ha podido. Mucho se le han reconocido su intento de “despolitización”; la poética de su propuesta y sus movilizaciones; la dramatizada (que no fingida) empatía con el dolor de los lastimados por esta barbarie en gran parte inducida; la humanidad profundamente comprensiva que es el eje de su demanda. Sin embargo, el carácter de sus acciones colectivas se antoja desconectado de los hechos; llama a la piedad a los delincuentes, habla por una no-violencia abstracta que acaba disolviendo cualquier reclamo social que confronte al poder con todo el rigor y la dureza del descontento, olvidando que ahí también hay poética, hay hiperbolizaciones que es necesario que se manifiesten más allá de las intenciones de las “autoridades” de oírlas. La melancolía satura las voces alzadas; Sicilia personifica el dolor y la impotencia, y dice “¡Ya basta!”… y en ese grito se ahoga todo. Y así viene la desconexión más grave de su actuar: reconocer ante esta sociedad, públicamente y a todas luces, al Ejecutivo como acreedor de respeto, de legitimidad, de confianza, otorgándole el voto de competencia, de interés genuino en los más frágiles y susceptibles de este país. Aquí hay, cierto, remanentes cristianos, una concepción triste de la esperanza, una especie de paradójico activismo pasivo que concentra y mueve el sufrimiento, pero paulinamente conserva un respeto a la autoridad por el simple hecho de serlo. Aquí hay un cristianismo que tiene más que ver con la doliente calma que con la exigencia de la dignidad a quién la ha robado aunque ello ofenda al injusto. Aquí hay un cristianismo que termina pactando con los perpetradores de este momento histórico fatal; un cristianismo conservador.
Sicilia lo sabe. Su simpatía con el levantamiento armado zapatista, expresada como colofón a sus escritos de cualquier tema, lo hizo enterarse de que los gobiernos priístas y panistas no se amedrentan con la desgracia, no se presionan con la voz de aquellos que viven en la zozobra y la desesperación. Ahora decidió probar otra vez, y por supuesto falló. Provocó el montaje, insistió en apelar a destinatarios de los cuales conoce la soberbia; que conoce interpretan la escucha de la protesta y la inconformidad como una dádiva concedida desde lo alto del monte del dinero. Felipe Calderón le respondió con tonterías predecibles, y él asintió con la cabeza frente a las falacias de alguien que, a diferencia de él, es un analfabeta funcional. No hubo más complicación en los argumentos del dizque presidente que los presupuestos acostumbrados por la personalidad autoritaria, en el estilo: “¿Y usted quién es para preguntarme eso Don Javier? Yo defiendo a los mexicanos de los malos, y usted hace peregrinaciones quejosas que le hago el favor de recibir…” Sicilia asiente, parece que Pablo de Tarso, el más nocivo personaje que el cristianismo haya engendrado, le habla y le dice que la autoridad terrestre equivale a la de Dios. La terrible falta de profundidad se ve mitigada por las madres que entre tristeza e ira le gritan al mandatario que se dé cuenta, que también él tiene familia; mitigada por el campesino que ataca de forma devastadora al capitalismo y sus promotores gubernamentales; por un menonita que habla con honestidad casi orgánica; mitigada por la fuerza de la verdad…
Pero el romance acaba. Como dicen en los bares al cerrar: “Hora de irse, se acabó el amor fingido…” Y Calderón reparte abrazos y condolencias… “Aquí la “señora” se encarga” y señala a la procuradora artífice del “michoacanazo”. La simulación se ha consumado. Felipe Calderón pasa el trago amargo, es magnánimo… en el fondo todos sabemos que no hará nada, salvo las mismas atrocidades. Se lo dijo a “Don Javier”: Si no nos hubiera puesto en estado de sitio, los mexicanos le habríamos reclamado su pereza o temor. Así de fácil circularon en los medios todas estas cosas. Sicilia fue congruente con su visión inclusiva, no agresiva de lo que “cree” que es cimbrar al Estado, aunque esta sea incongruente con una auténtica expresión del malestar, con el coraje y el hartazgo que en verdad llegan a inquietar a cualquier tirano… Ernst Bloch habla de la esperanza como la proyección futura de escenarios, el reconocimiento de la posibilidad ante lo que parece fatal. La esperanza, no como la pasividad que aguarda un porvenir invisible, sino como la confianza en el cambio y la capacidad de alterar el orden y transformarlo. Eso es lo que fue el cristianismo algún día, y para Bloch constituye su esencia, aunque tenga que prescindir de Dios para ello, para revolucionar lo dado. Sicilia también lo sabe, y el rol que ha sabido asumir delata los compromisos y prebendas que lo limitan. La única vez que las campanas de la catedral se usaron para apoyar y no para molestar a una manifestación, a una marcha que implicaba de alguna forma el cuestionamiento de la política oficial, fue en su procesión silenciosa. Aquí ya no hay un exceso de afán conciliador. No desconoce el poeta el grado de ineficacia de sus actos, y tampoco su potencial utilización por parte del gobierno. Tal vez es hora de que se cuestione seriamente las implicaciones éticas de tanta ambigüedad. Ello se demuestra con una anécdota significativa. Parece, si la memoria no falla, que fue el mal logrado Ciro Gómez Leyva quién relató que nada más y nada menos que Manlio Fabio Beltrones le dijo algo así como “tal vez Sicilia es el líder social que “hemos” (¿él?) estado esperando…” Algo le vio el priísta, desde la tradición coptativa del descontento para aniquilar la rebelión que su partido guarda orgullosamente, de la CTM hasta Antorcha Campesina. Macabro en verdad. Y sí, ayer Don Javier ganó puntos para ser el gallo “latoso” de alguien que, si no llega a la presidencia, tendrá mucha influencia en ella…


















