El mesías bravucón: Calderón y la violencia pastoral
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Desde un ángulo algo más desencantado de la historia geopolítica, Winston Churchill no fue precisamente el líder de inmensa magnitud humanista que han cantado los relatores convenientes del orden mundial Post-Segunda Guerra, tratándose de alguien lo suficientemente racista y colonialista como para, desde Yalta, organizar la entonces nueva hegemonía occidental, cuyas consecuencias conocemos. Su injerencia, sin embargo, se cifra en haber enfrentado una empresa bélica contra un enemigo que amenzaba los equilibrios de fuerza ejerciendo una barbarie irracional y asesina, de descaro esquizofrénico, tanto como para justificar moralmente su destrucción, dando paso a la dominación “benevolente” en la que la nación Británica tendría, por su puesto, una posición prepoderante. Y, ciertamente, la conflagración que el Primer Ministro inglés contribuyó a desatar tuvo una dimensión histórica de “Ligas Mayores”…
El pasado viernes 13 de mayo, ante los Delegados Federales, Felipe Calderón Hinojosa evocó las palabras con que Churchill anunciaba la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra. Lo penoso y ridículo de su nueva excentricidad radica no tanto en su autocomparación con una figura moralmente “superior”, sino en la exageración, casi ego-maníaca, que usa referentes históricos trascendentales para la cada vez más desaforada defensa de su desastrosa y sanguinaria estrategia contra el crimen. La “puntada” no es, por desgracia, sólo anecdótica; su discurso contiene alusiones de tácita descalificación de sus detractores, a quienes la analogía con Churchill señala como agentes del error, incomprensivos y de mala fe para con la asunción de una responsabilidad altamente digna, valiente y éticamente inexorable. Así, Felipe Caderón expone la suya como una causa de estatura heróica, portadora de una verdad comparable a aquella a la cual la historia universal le ha dado la razón, como la posteridad se la dará a él.
La prepotencia del supuesto Jefe del Ejecutivo panista se expresa en un modo dramático que parece no dudar nunca de sí, intentando racionalizar lo que en el fondo sabe una imposición proveniente del abuso del poder. La visita al Vaticano, postrándose ante un dirigente religioso tan cuestionado en su honestidad como su infame antecesor; las recientes referencias a “Dios” (también presentes en la cita de Churchill); la idea de la persecusión sobre su noble actuar; la posesión del “único camino” para lograr la “victoria” sobre el mal; el sacrificio propio (se le acosa injustamente) y exigido a los otros en una vía dolorosa para alcanzar el bien futuro; todos estos elementos componen un lenguage que se aleja del estadista moderno para dar la sensación de un orador profético, de una convocatoria con tintes escatológicos fundada en una explicación del mundo simple, casi revelada, inamovible a no ser a través del equívoco de quienes se oponen a la lucha ya sea por su maldad intrínseca o por su incapacidad de reconocer lo que es mejor para ellos. Esta versión de la realidad expone el poder pastoral del que hablaba Foucault, originado en las instituciones cristianas. El poder pastoral prolonga en el Estado Moderno premisas similares a las de su fase religiosa: control comunitario y control del individuo, orientado hacia la salvación colectiva y personal. Allá, la salvación sobrenatural de la carne mediante el conocimiento íntimo de cada alma por parte de la iglesia; aquí, la salvación terrenal a través del gobierno como guía de vida, salvación manifestada en la seguridad pública, pero que a través de la persuasión mediática apela al bienestar individual y familiar, llamando al sacrificio asumido. Para Foucault, las técnicas del poder pastoral se secularizaron en el Estado. Lo que resalta de nuestras condiciones es que la retórica de Felipe Calderón recicla rasgos religiosos. El hecho, casi ceremonial, de enviar a los delegados a propagar la verdad de los logros de su gestión por encima de la calumnia y la difamación, constituye un gesto de carácter evangélico que exhibe la forma de ser de quien toma las decisiones sobre nuestro presente y porvenir y que, cómo no, cree que debe y debería seguir tomándolas… No es sorprendente. Su perfil es acorde con la ideología autoritaria del partido y el sistema económico global a los que favorece (no siempre en el caso del primero, pues ahí se le han recriminado los costos electorales de su proceder), alternando una suerte de eficientismo utilitario laico con el conservadurismo fanático de doble moral. Lo que no deja de llamar la atención es el relativo silencio que ante tales fenómenos guardan quienes consideraron, de forma implícita, a este personaje como la representación, en el elenco electoral del 2006, del polo racional, civilizado, políticamente correcto, frente al orate “mesiánico” y fascista subdesarrollado que el marketing inventó en la figura de su mayor oponente.
En la memoria de la opinión pública, tales contradicciones, tales desaciertos, deben quedar remarcados con la evidencia de la palabrería desesperada --coincidente con el estreno de una serie televisiva que quiere presentarle a la sociedad como real una ficción de complacencia cínica por parte del gobierno federal-- inscrita en una camapaña propagandística de matices francamente preocupantes, en la recta final de una administración que, mediante un alarde de autoritarismo y desprecio por la crítica, reitera a través de un proto-destapado Secretario de Hacienda la intención de sostener a toda costa sus políticas lesivas, de cara a la pelea por la continuidad de las mismas.


















