Carta a mi hija. Recuerdos de una madre
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Era el día de tu nacimiento. Tu padre estaba muy nervioso, casi al borde de las lágrimas. Yo, acostada en la camilla, esperaba mi turno para entrar a la sala de operaciones. Me mantenía tranquila. Todo saldría bien, pensaba.
Ya en la operación hubo algunas dificultades, pero al final todo salió bien. Sin embargo, más tarde en la sala de recuperación, le pedía desesperada a la enfermera que me auxiliara. Los dolores posparto me tenían en un grito. Después de tres horas de muchas lágrimas y dolor, por fin me llevaron a mi recámara. Estaba exhausta, pero ahí todos lucían sonrientes, me esperaban con flores y expresiones de júbilo. Pero al verme llegar tan cansada, prefirieron retirarse en silencio.
Soy madre, pensaba. ¡Qué maravilla!. Tengo una hijita. Está linda. Tu padre estaba tan contento y orgulloso. No paraba de hablar de ti. En cambio, a mí me dejaron descansar un día completo. La cesárea había sido complicada, yo estaba un poco delicada. Te había visto brevemente en la sala de operaciones. Al hablarte, reconociste mi voz; te estremeciste, sonreíste. Supiste que era yo, tu madre. “Es una mujercita!”, me anunciaron. “Mi niña linda”, te dije, cuando te vi. Pero te apartaron de mí rápidamente, ibas envuelta en una sabanita azul. Volvería a verte 24 h después. Eso no me agradó, te extrañé tanto esa noche. Quería besarte, estar contigo, pero debía recuperarme.
Al día siguiente, temprano, me mandaron a bañar. Apenas si podía caminar. Lo hacía agachada, sin poder estirar la espalda. El vientre vendado, muy adolorido, indescriptible. Tampoco soportaba la espalda. La inyección epidural había sido terrible. Sólo recuerdo haber sentido una aguja enorme en la médula, y yo gritando cómo loca. Los doctores mientras tanto, manteniendo mi cabeza agachada, en posición fetal. Después de eso, ya no sentía las piernas. Veía a los doctores picarme los pies con la punta de una tijera y yo me preguntaba, ¿me están enterrando las tijeras en los pies?. Duró 1 hora la cesárea. Venías mal acomodada mi niña, debieron alinearte para poder sacarte. Fue un proceso largo y muy pesado. Yo me sentía desesperada. Tres veces me anunciaron tu nacimiento, pero seguían manipulando. Pero al escuchar tu llanto y al verte, me sentí tan feliz. Todo cobraba sentido en ese instante. Por fin comprendía lo que era ser madre. Y ese era solamente el principio.
Tuvimos suerte mi niña, pude amamantarte ocho meses. Estuviste tan sanita todo ese tiempo…a final de cuentas no podía quejarme. Amigas mías habían tenido que volver al trabajo a los 30 días de paridas. Dejar a sus bebés recién nacidos con parientes o en guarderías. Sin poderles dar de amamantar a sus hijos por más tiempo, exponiéndolos a enfermedades o al rechazo de la leche de fórmula. Al igual que ellas, yo debía regresar a trabajar. No había opción. Lo deseaba, pero aún me dolía dejarte. Algo me decía que con el tiempo, no me animaría a tener otro bebé. Debía trabajar mucho, se venían tiempos difíciles. ¡Cómo lloré una noche antes de llevarte a la guardería!. Me sentía tan desdichada. Otras personas te cuidarían, se harían cargo de ti. Y mi horario tan largo. Estarías de 9 AM a 7 PM. Todo el día. “¡No puede ser!. ¡Qué mundo tan deshumanizado!. Quiero estar con mi hija”. Pensaba. Pero no había otra opción, tenía que retomar mis actividades. Ese primer día, de nuevo, estuve llorando amargamente en el trabajo. No podía evitarlo. Pensaba en ti y me estremecía de dolor, de tristeza. Me necesitabas. ¿Cómo estarías?. Me preguntaba. Al final del día, te encontré igual que a mí, triste, muy triste. “Todo el día lloró señora y no quiso tomar su mamila. Es muy difícil el destete”. Me dijo la enfermera de la guardería. “¡Oh!, ¿cómo le vamos a hacer mi niña?, ¡qué difícil está esto!”. “¡Perdóname, perdóname por no estar contigo mi hijita!”. Exclamaba en mis adentros. Pero el tiempo pasó y te acostumbraste a tu escuelita, a tus amiguitos. Y yo poco a poco comprendí que así eran las cosas. No sería fácil para tu madre, ni para tu padre.
Así creciste mi niña, en guardería todo el día, después el kínder y la primaria. Yo seguí trabajando el día completo, vueltas para acá y vueltas para allá. Debía llevarte a tus clases vespertinas de natación, de baile, etc. Me escapaba del trabajo. Al final del día, llegábamos muertas de cansancio a la casa. ¡Qué días tan locos!. Salíamos tempranito para llegar a la escuela. ¿Recuerdas cómo travesábamos la ciudad para llegar a tiempo?. Dos horas después de haber salido de casa, llegaba yo a la oficina. ¡Uf!. Para ahorrar tiempo y dinero, yo cargaba en los toppers nuestro desayuno, mi comida, y a veces hasta nuestra cena. En las tardes, tú me esperabas en el auto, durmiendo. Yo seguía trabajando. Me apoyaste tanto mi niña. Pero lo logramos, y salimos adelante. Gracias también a mi jefe de aquella época, un hombre inteligente, comprensivo y solidario. Jamás olvidaré su gran apoyo. ¿Te acuerdas de él?. Sin su apoyo jamás lo hubiéramos logrado. Ojalá todos los jefes fueran igual de comprensivos que él.
Me alegra haber soportado este esfuerzo. Mantuvimos la calma y la esperanza. Las cosas serían mejor con los años. La cosecha tendría que venir en el futuro. Mientras, debíamos trabajar muy fuerte y aprovechar el tiempo que pasábamos juntas. Un rato en las tardes y los fines de semana. A final de cuentas éramos afortunadas. Amigas mías que trabajaban no se habían animado a tener hijos, querían evitarse problemas en su trabajo. Tal vez tendrían que abandonarlo si se embarazaban, y no podían darse ese lujo. El tiempo pasó y pasó, y tú has crecido...
Ojalá y las condiciones de trabajo para las mujeres que trabajan mejoraran mi niña. Ya te tocará ser madre y hacer el mismo esfuerzo que todas nosotras. Necesitamos tanto apoyo y solidaridad. Así como horarios y sueldos justos. Somos proveedoras en el hogar, pero también necesitamos tanto estar con nuestros hijos. Ojalá las madres tuvieran las mismas oportunidades que los demás, que no se les retirara el apoyo en sus empleos por estar embarazadas o por tener hijos pequeños. Sin ser marginadas ni criticadas por su deber profesional. Que contaran con las mismas oportunidades de desarrollo. Son luchas que se han ido ganando con el tiempo. Ojalá en unos años, cuando seas madre también hija mía, logres disfrutar de tu maternidad, de tus hijos, de tu familia, que es lo más bello de la vida. Es el derecho de toda mujer, lograr una verdadera calidad de vida. En un una palabra, ¡que logres ser feliz, luchando por una maternidad digna y por un desarrollo profesional meritorio también!.

















