Buscando lo justo en lo ilegal
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Será cosa de meses cuando cierta noche mi cuenta de twitter recibió, mediante el mecanismo de mensajes privados, una cantidad de mensajes referentes a un cateo en el hogar de quien se puso en contacto conmigo. Policías federales armados ingresaron sin orden alguna, haciendo gala de la violencia que caracteriza a las presuntas fuerzas del orden público. El motivo, luego que todos, asumo, tenían la claridad y suficiente tranquilidad para contar lo sucedido, fue la búsqueda de un peligroso asesino que, supuestamente, “se encontraba por ahí”. Naturalmente mi conocida, y su familia, nada tenían que ver con dicho personaje pero en un país donde la presunción de inocencia no vale ni en el papel donde se fundamenta ese principio legal poco importó en ese momento.
Hace unos días, recibí, además de la amable confianza otorgada, sendo testimonio de una persona, de la cual me reservo toda información que permita su identificación, quien tuvo que recurrir al exilio para alejarse de la violencia imparable que el estado mexicano permite en Tamaulipas. Fue, desde mi ofensiva comodidad, difícil escuchar el testimonio acerca del surreal escenario que plantea un entorno de violencia, legalizada en la práctica, donde el ciudadano común y decente no tiene cabida. La imaginación no abarca para conceptualizar la dimensión de la desesperación humana en un ámbito donde lo justo, lo natural y lo civilizado no tiene ninguna razón de ser debido a un empecinamiento por ejercer la violencia ya sea mediante su permisibilidad o su aplicación directa.
Dos ejemplos, tan sólo dos, de los cientos de miles que seguramente no sabemos que ocurren y que, sin demeritar la gravedad de los anteriores, podrían ser mucho más trágicos de lo que uno puede experimentar con la lejanía del testimonio o de la nota de prensa.
Nunca está de más que hablemos de la violencia como una entidad que se origina, no como una fuerza de la naturaleza, inevitable e ineludible, sino como la consecuencia de los mecanismos que rigen a un estado cuya estructura está infectada de agentes que atentan contra su propia razón de ser. Partiendo de esa tendencia suicida del estado mexicano, a través de las personas que usurpan dicha entidad, es posible entender la continuidad del desastre nacional a pesar del costo humano el cual es ya incalculable y que se aleja de toda justificación real o ficticia. El peso de las decisiones tomadas por esos traidores que siguen ocupando las estructuras del gobierno recae en quienes no tienen ninguna oportunidad de defender la vida, o el magro patrimonio, ante la enajenante ira desatada por aquellos que han hecho del mexicano el peor enemigo del mexicano. No hay peor escenario que aquél que muestra una guerra donde todos se dicen ser enemigos de todos.
No se puede concebir México sin pensar en el resentimiento de la clase política mantiene sobre la clase trabajadora, un resentimiento que, si bien es tan añejo como los levantamientos en Cananea, lleva la novedosa dosis de cinismo donde el discurso ya ni merece ser disfrazado; en esencia tampoco los protagonistas han rolado los papeles, el gobierno, el clero, el “empresario”, todos protegidos por la fuerza militar que impone uno muro de fuego alrededor de ellos con tal de seguir saqueando los recursos naturales y la fuerza de trabajo a cambio del beneplácito de sus amos extranjeros. Y si acaso siguen existiendo necios que logren articular una réplica a lo anterior basta con leer las declaraciones de ciertos secretarios apátridas quienes justifican la presencia de espías que operan a sus anchas por territorio nacional. Espías que, en otras épocas y en gobiernos nacionalistas, tendrían muerte inmediata por atentar contra la soberanía que tantas generaciones ha costado.
Pero aquí, dicen, todo es legal. Los allanamientos, las muertes, los secuestros, las confusiones, la estupidez y el cinismo. Todos legales.
Es en este momento en que lo justo se debe buscar, exigir y materializar, por encima de lo legal.
Twitter: http://twitter.com/Morf0


















