Atrapados sin salida: PAN, PRI y el desastre garantizado
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Santiago Creel, con esa elocuencia ridícula que le ganó el mote de “El hombrecito de Bucareli”, instó a todos los aspirantes a la presidencia de su partido a que renunciaran de inmediato para incorporarse a la carrera por la candidatura oficialista. En efecto, les urge. El PAN, a diferencia de sexenios anteriores, carece de una figura central atrayente de la confianza y el ímpetu de su institución. Es el costo de un sexenio atropellado en el cual los despidos, decesos y renuncias han sucedido bajo la marca imborrable de la ilegitimidad, la violencia y la crisis económica que, aunque corriente en México, se vio agravada por la debacle financiera global, y está en puertas de otra vez. Las fracturas entre las dirigencias panistas no se vieron atenuadas por la unidad requerida para consumar el fraude; por el contrario, las facciones que reclamaban el pago por su aportación se encontraron con el abyecto pragmatismo de su flamante presidente “pirata”, quien no ha dudado en demostrarlo a grito pelado ante los recientes escándalos de Elba Esther Gordillo.
La ruptura con Manuel Espino y Vicente Fox, la incorporación de Luis Téllez al Ejecutivo y el uso de Roberto Campa como candidato bisagra a través de arreglos con “La Maestra”, minaron la cohesión del partido gobernante después del robo que lo impuso en Los Pinos; el halo de falsedad dejado por la trampa pesaba sobre un gabinete inestable que no proporcionó a ningún prospecto que reuniera el apoyo mayoritario, acosados todos por los pésimos resultados y la falta de razones sólidas en su selección. No es lo mismo valerse de un ranchero imbécil de grosero carisma como oposición, que cargar con los fracasos y exhibiciones públicas de incompetencia y cinismo del “equipo” manoseado por un sujeto de los más doblegados por el control económico global, de carácter cerrado, autoritario y hasta delirante. En realidad, el “empujón” de Calderón a Cordero en aquella alocución ante los delegados, acabó a la larga siendo muy débil. Ello empieza a entenderse con la entrevista que le hiciera Ciro Gómez Leyva para Milenio. Mostró una actitud displicente cuando se le interrogó sobre los funcionarios que aspiran a su cargo, actitud para nada tiene que ver con una prudente y legal no intromisión en las rutas pre-electorales. Marcó su distancia, no le conmovió la sucesión desde sus propias filas en un tono de “Qué hagan lo que quieran, nomás que me avisen…”; sin embargo, cuando le preguntaron si consideraba a Enrique Peña Nieto un peligro para México, fue categórico: “No”. Tomando en cuenta que para la demagogia política acostumbrada en México el “bien del país” equivale al provecho particular del partido que la utiliza, podría interpretarse que el pseudomandatario quiso decir que Peña Nieto no es ningún peligro para el PAN, lo cual sonaría bien si al otro día la bancada de Acción Nacional no se hubiera deslindado vehementemente de sus afirmaciones, diciendo que éstas no los representaban. La verdad es que sí y no. La tecnocracia oligárquica y el sistema económico mundial, al margen de los intereses encontrados de los poderes fácticos, hallarían la continuidad básica que necesitan con el regreso del PRI. Peña Nieto ha señalado su acuerdo con la guerra federal antinarco, así como sus intenciones de incluirla en su programa. No se ve por dónde el PAN pueda en un año construir una candidatura competitiva; Calderón lo sabe, y mira utilitariamente hacia aquél cuyo perfil fascistoide es adecuado para consolidar las reformas que lo obsesionan o impulsarlas si aún en un periodo extraordinario no fueran aprobadas, lo cual se antoja complicado; sabe también que la campaña de Bravo Mena no tuvo apoyo, que sin la alianza la paliza estaba calculada y que el gobernador de Edomex saldría fortalecido de los comicios a pesar de las aguas negras hasta la cintura de la gente de Ecatepec. El PRI, sin oponentes claros por parte de quienes les quitaron la presidencia, es hasta la fecha la mejor opción que tienen los beneficiarios de la injusticia actual para la permanencia del estado de las cosas, aún con las revanchas gangsteriles y la rotación de los cotos de poder entre los dos partidos que protegen a la mayoría de las élites.
Todo esto sigue siendo, con las facturas inevitables, mucho mejor para ellos que un eventual repunte de AMLO en la opinión pública. A nivel internacional, el capitalismo sufre un descrédito incluso en su metrópolis, como indican las manifestaciones de indignación en Europa y la caída financiera griega. Los centros de poder se encuentran en busca de nuevos modos de represión y dominación que contengan a las masas no favorecidas, multiplicadas día a día. El gobierno federal está haciendo la tarea respectiva: la Ley de Seguridad Nacional es signo de la inquietud del establishment ante el daño inevitable al nivel de vida de los mexicanos implícito en la reforma laboral, que agregado a la violencia desbordada dibuja un panorama límite de tensión social. Esta Ley fue fraguada en el PRI, y en el PRI está hallando sus mayores posibilidades de prosperar. Eso a Calderón tampoco le molesta. El trabajo más “acertado” para conseguir otro periodo panista en Los Pinos lo está haciendo muy tarde. Los ataques masivos a Elba Esther Gordillo no dicen otra cosa que la desesperación del PAN ante una carrera electoral difícil de salvar. El encerrón que el anterior fin de semana se llevó a cabo entre Calderón y prominentes blanquiazules connota preocupación por un desastre en el 2012. Fueron convocados exgobernadores y dinosaurios para diseñar una ofensiva seguramente capaz de lo que sea y “liberada” de todo escrúpulo en la más pura filosofía del “haiga sido como haiga sido”. Medina Plascencia revela sin inhibiciones y con la lucidez de un guajolote algo así como que el PAN “no se había alejado” de la ciudadanía sino “nomás no estaba tan cerca” pero que ahora sí lo estará. Curiosa manera de sintetizar la ideología profunda de su partido: la gente sin poder político y económico no vale nada, excepto cuando se trata de usarla… Es la “carta maestra” de su institución, porque la carta maestra de la tecnocracia neoliberal a la que favorece sigue siendo, hasta ahorita, de tres colores.


















