Aprendiendo a vivir
Tweet
A veces escribo para arrancar imágenes que se han archivado en mi memoria y anhelo salgan al exterior mediante el canal de la palabra. No quiero que se queden instaladas para siempre dentro de mí.
No quiero vivir oyéndolas rezumar como si realmente ellas tuvieran poder sobre lo que hago, sobre lo que siento.
Muchas veces, cuando escribo sobre algo que me produjo un insondable dolor, o cuando verbalizo un sentimiento y hago partícipe a alguien de ese relato doloroso, compruebo la eficacia de tales acciones, ya que, de forma paulatina las imágenes van perdiendo protagonismo, se van mitigando, casi se diluyen y se vuelven traslúcidas.
He comprobado que a través de los años, sin quererlo o sin saberlo, he almacenado cuidadosamente retazos dolorosos a los que recurría cuando tenía necesidad de hallar culpables.
Inquiría en aquellas escenas que antaño produjeron un sentimiento pesaroso, abrazándolas con inmadurez, pensando que sólo así lograría eximirme de los errores del ayer.
Al cribar mi vida pasándola por el tamiz misericordioso de Dios, evidencio mi ingratitud, pues aún sabiendo que todos y cada unos de mis pecados han sido lavados por Él, sigo sacando a relucir las aristas enrevesadas de asuntos pasados que sólo consiguen mermar la paz del día de hoy.
Arrancar imágenes es un buen ejercicio para dejar tu memoria un tanto aliviada.
Atesorar buenos recuerdos y dar cabida a todo lo positivo es realizable si en mi cabeza laureada de sueños pongo un poco de orden priorizando y dando valor a lo que realmente lo posee.
Manifiesto que, cuando aprendes a vivir con una mente menos obtusa, más sencilla, las cosas se ordenan, funcionan mejor, ves la vida desde otra perspectiva.
Aprender a caminar con el equipaje preciso sin tener que cargar con una pesada valija de ingratos recuerdos que hacen tu viaje lento y fatigoso.


















